Ya hace un par de dias que el pobre Xiaoming no prueba bocado. Y es que de la chamba lo han botado con todo y arapos por una puta maquina que esos puercos y enigmaticos forasteros han venido a dejar.

Por mas que se queja y que en su panza mas de cien mariposas revolotean no hay nada que su eficiente y tan popular gobierno pueda disenar, pensar o siquiera esbozar para su condicion mejorar.

'Creo que la situacion asi lo amerita' se dice asi mismo Xiaoming y sin darle mas vueltas al asunto cual hombre de empresa se va hospital mas cercano en su triciclo que lleva un letrero que dice 'compro desechos medicos a buen precio' que ha elaborado con un pedazo de carton y un marcador que se acaba de encontrar.

Llega, sube su triciclo a la vereda y cruza un par de palabras con el encargado de la basura a quien buena falta le hacen un par de cupones de supermercado y sabe Dios que mas que Xiaoming le ha ofrecido.

Aqui donde vive el pobre Xiaoming, como en cualquier lugar del planeta un amigo es siempre bueno. Los conocidos de Xiaoming no son la excepcion a la regla. Le han prestado unos billetes que este usa para comprar algo de tela. Tela que surce. Tela surcida para rellenar con lo que a menor costo, como buen empresario, ha podido conseguir.

No pasan ni una ni dos semanas que los cobertores que Xiaoming produce no alcanzan mas para abastecer la demanda. Sus exitosos cobertores acaban en hogares, oficinas, escuelas y hasta en hospitales de donde en primer lugar salieron. Los usan madres para tapar a sus ninos, oficinistas de medio vuelo para dormir la siesta, maestras de escuela vetustas para acallar sus ronquidos y enfermeras para cubrir a esos pobres agripados y operados, ahora ya casi accionistas de tan prospera empresa.

Una verdadera lastima que en esta vida nada es perfecto. La buena suerte del pobre Xiaoming es la mala de otras que detras de una conversa amistosa y una amarilla y torcida, empero poca reveladora sonrisa, entretejen la forma de traerse abajo a Xiaoming que de trago en trago y de risa en risa ha soltado para su desazon el secreto de tan prolifica invencion.

Son estos, los buenos conocidos de Xiaoming que han decidido catapultarlo a la fama a traves de la television. Hacer de su exito un deleite de las masas. Una pena que lo que a las masas atrae no sea lo que en este caso a Xiaoming mas conviene.

Ni una ni dos semanas mas tarde ha llegado la fuerza del orden a desarreglarle la vida a Xiaoming que gime a la vez que exige derechos bajo el peso de un oficial bien grueso que lo tiene de cara contra el piso con una rodilla clavada en la espalda. 'Eres un idiota; un pobre imbecil. Nos vamos a limpiar el culo contigo' le dice el gordo a Xiaoming mientras las camaras se entretienen en el cuarto de atras con el botin descubierto.

Miserable y humillado como el dia en que en la escuela veinte anos atras el maton de turno cuchillo en mano lo puso de cara contra el lavatorio del bano y lo sometio a lo que muchas aun en matrimonio no consienten, se lo llevaron a rastras hasta el reten mas cercano.

Ya en la estacion central del orden en medio de un terrible despelote han hecho pasar al pobre Xiaoming al dispensario medico donde otras dos docenas de ya-mismo sentenciados son revisados de cabo a rabo por un seudo hombre, cuasi oficial del orden alias "doctor" que tragicamente para Xiaoming parace haber reemplazado al juez de turno para dictar sentencia.

Mientras separan cuerdos de locos y sanos de enfermos, sentados al final del pasillo afuera del dispensario hay dos fulanos: uno de verde y el otro de blanco, cada uno mas gordo y rosado que el otro que discuten cantidades y regatean precios. Son estos un par de brillantes especimenes de un sistema economico eficiente que desconoce el termino "desperdicio".

Terminado el regateo y realizada la venta se ha dictado sentencia para todos; enfermos y sanos. Los enfermos forman fila y a tirones y empellones son sacados de la estacion y lanzados a una vida de anonimato que solo la muerte revelara. Los sanos por otro lado, pero de igual forma en fila, esperan su turno en el patio trasero de un hospital para que de uno en uno y ante una estoica audiencia televisiva, que jura estar viendo justicia, reciben un triste pero certero balazo en la nuca.

Xiaoming, el hombre de empresa esta sexto en la fila. Sexto con seis de suerte. Cae el cuarto, cae el quinto. Ya es hora. Ojala y al momento de alcanzarlo la muerte este su madre leyendo en el retrete y no viendo aquella maldita tele que solo mentiras cubiertas de medias verdades emite.